Terapia Gestalt: Mitos y realidades

Terapia Gestalt: Mitos y realidades

Arturo E. Etienne Garza
Psicólogo y Psicoterapeuta Gestalt; diseñador curricular y docente en programas de formación.

Soy un convencido defensor de la TG. A lo largo de más de 18 años de haber entrado en contacto con esta forma de hacer terapia y después de comparar las distintas formas en que trabajan los Institutos de TG aquí en México, he llegado a las siguientes conclusiones:

1. Algunos terapeutas, no pueden discernir entre el “estilo” personal de sus fundadores, en especial Fritz Perls, dando pié a que asocie “necesariamente” la TG sólo con un grupo de técnicas.

Perls era sin lugar a dudas un genio. Su capacidad para ver lo obvio y su creatividad para diseñar experimentos, a través de los cuales la gente pudiera incrementar su darse cuenta y asumir la responsabilidad de su vida, era excepcional. No obstante, era muy exhibicionista y en aras de difundir un nuevo estilo de hacer terapia “vendió” una versión tipo “miracle show”. Perls se mostraba ante el mundo con toda su desfachatez, irreverencia, libertinaje, exhuberancia e impulsividad y la gente pensó que eso significaba “ser gestáltico”. No pudieron advertir que el mensaje era simplemente ser auténtico –él era así- y empezaron a imitarlo, traicionando así la esencia del movimiento. Lo que ocurrió después era de esperarse: al furor generado por una fe ingenua, siguió la popularización de este enfoque entre personas que no tenían nada que ver con el ambiente terapéutico, y luego, como era de esperarse, sobrevino la desilusión porque los talleres gestálticos de fin de semana, no suplen el proceso terapéutico. Los cambios generados “por arte de magia” en aquellos no se sostenían. El costo también fue la desacreditación de la TG entre algunos sectores académicos. Por fortuna, había otros representantes del movimiento que mostraron una versión más mesurada y realista de este enfoque: Laura

Perls (esposa de Fritz), Irving y Myriam Polster, Paul Goodman, Isadore From, etc. Así, la Gestalt se fue desdoblando hasta dar lugar a tres modelos principales: el de California, el de Cleveland y el de New York.

2. Se le asocia con muchas otros sistemas terapeuticos e incluso , algunos de dudosa reputación, debido a la falta de difusión sobre los pocos pero efectivos principios teóricos y metodológicos que la sustentan y que la convierten en una “estructura” flexible más no ecléctica, integradora más no ambigua.

Perls criticaba la teorización y sólo la veía como una simple “deflexión”, una manera de fraccionar la experiencia, distorsionarla y de evitar el contacto con su núcleo emocional. Sin embargo, lo que realmente criticaba Perls era “un cierto tipo de teorización”. Las cogniciones también forman parte de la experiencia y la teorización honesta y holística supone una forma efectiva de tener una “figura clara”. Comprender es una necesidad legítima en el ser humano. Comprender muchas de las veces es el preámbulo de la acción congruente.

Afortunadamente, ya estamos en un periodo en que los desarrollos teóricos se admiten e integran fácilmente a la TG. Gari Yontef y Jean Marie Robin son dos excelentes exponentes de este tipo de trabajo. Desafortunadamente a la TG se le suele asociar a otros esquemas que no le son propios como la PNL o incluso se le llega a vincular con el Eneagrama que es un sistema de desarrollo espiritual, más basado en una filosofía oriental que en un enfoque psicológico. Esto confunde tanto a los académicos como a los consumidores. El que otros enfoques consideren el aquí y el ahora, la conciencia y la responsabilidad del individuo no los hace necesariamente gestálticos. La TG es ante todo una aproximación fenomenológica y dialogal, con un foco experiencial/conductual continuo.

De la misma forma, la TG es lo suficiente flexible como para integrar importantes descubrimientos realizados en otros marcos teóricos como la terapia sistémica, la rogeriana o la cognitivo-conductual. Dado que la TG

supone una reconfiguración de las cogniciones/emociones y necesariamente aborda los fenómenos en contexto, hay de entrada, una cierta compatibilidad con estos enfoques que no necesariamente la hace ecléctica.

3. Se han popularizado tanto algunas de sus técnicas (la silla vacía, por ejemplo), que al descontextualizarlas confunden a legos y profesionistas sobre la naturaleza de la TG, de tal suerte que hay personas sin entrenamiento formal que las “aplican” indiscrimidamente y otros que las utilizan sólo con fines catárticos. Los resultados contraproducentes han llevado a concluir que es enfoque poco serio.

Quiero dejar asentado que no soy de los que piensan que para ser terapeuta hay que ser primero psicólogo – aun cuando yo lo soy. He conocido extraordinarios terapeutas cuya formación inicial tiene que ver con otras disciplinas y viceversa, conozco a colegas que carecen de las habilidades y actitudes para ser terapeutas y que su ejercicio profesional en este sentido es casi un atentado contra la salud mental del cliente. Sin embargo, la TG como cualquier otro sistema terapéutico serio requiere de un entrenamiento largo (de 3 años en adelante) basado en tres ejes: revisión teórica, proceso personal y práctica supervisada.

La TG requiere para operar de:
I. Una concepción antropológica,
II. Una epistemología,
III. Una metodología,
IV. Una teoría sobre la psicoterapia,
V. Un grupo de técnicas y
VI. Un conjunto de habilidades y actitudes.

Todo esto lo pone el terapeuta al servicio del paciente para incrementar su conciencia respecto al contexto, a sí mismo y a su relación con el primero y activar su potencial creativo en los ajustes que requiere hacer durante este diálogo. Aunque aparentemente se echa mano de técnicas, a veces provenientes de otros esquemas, el énfasis puesto en la experiencia inmediata (aquí y ahora) marca la diferencia tanto en proceso como en resultados. El juego de roles, creado originalmente por Moreno, por ejemplo, ha sido empleado en todo tipo de terapias, desde la conductual hasta alguna versión psicoanalítica no ortodoxa, pero en la TG adquiere dimensiones especiales por su poder para lograr que el individuo integre aspectos cognitivos, afectivos y conductuales.

Obviamente hay una gran diferencia entre “aplicar” técnicas gestálticas y tener la capacidad de conducir un proceso terapéutico desde la Gestalt. Lo primero es relativamente sencillo, lo segundo implica una forma especial de relacionarse con el mundo, un conocimiento en carne propia de lo que es un proceso terapéutico y una experiencia lo suficientemente sistematizada como para tener la consistencia teórica y relacional que demandan los servicios clínicos.

Ahora bien, existen los llamados “facilitadores” cuya labor tiene que ver con la sensibilización de grupos de personas sobre sus propios procesos de autoconocimiento y desarrollo. Este tipo de profesional suele echar mano de estrategias gestálticas y aunque este tipo de intervención pudiera tener efectos terapéuticos, no es su finalidad. Lo importante es que tanto el usuario como el facilitador estén conscientes de los límites de estos espacios de crecimiento personal y no los confundan con terapias grupales.

4. Terapeutas de otras corrientes con más cuerpo teórico, no entienden la naturaleza de la TG, la descalifican a partir de sus propios parámetros de lo que debe ser una terapia y suelen apoyar sus juicios en el ejercicio poco serio de algunos aficionados a la TG.

El rechazo obedece a diversas razones. Por un lado la falta de información sobre lo que la TG es en realidad. Al parecer solo los terapéutas gestalticos parece que tenemos una noción clara de lo que hacemos (y no siempre). Tampoco nos hemos preocupado por aclarar el tipo de servicios que realizamos, sus fundamentos teórico-metodológicos y sus límites. Como sucede con otros enfoques, nos mantenemos como un grupo aparte. El problema es que la peculiar manera en que se entretejen los principios teóricos, los supuestos filosóficos y la metodología, no hace comprensible la TG solamente a partir de su lectura. La TG se entiende cuando se la vive y aunque han proliferado los grupos de sensibilización con orientación gestáltica, esto no es en sí la TG aunque se venda de esta forma.

Por otro lado, está el prejuicio inherente a una formación teórica en especial. Generalmente los representantes de otras escuelas piensan que la forma correcta de hacer terapia es la de ellos. Los movimientos integracionistas son vistos con desconfianza por muchos y se les tilda de eclécticos (que equivale a “poco serios”). La diferencia es vista con recelo y la tolerancia no abunda. Saber mucho de una corriente nos puede volver ignorantes y prejuiciosos respecto a otras.

Asimismo, está el cuestionable desempeño de ciertos “terapeutas” que bajo la bandera de la Gestalt realizan intervenciones de dudosa eficiencia. El entusiasmo por difundir la TG ha llevado a algunos institutos a sacar “horneadas” continuas de terapeutas, en periodos relativamente breves (menos de dos años), sin mucha práctica supervisada y bastante ignorantes respecto a las bases psicológicas del proceso terapéutico. Quizá sean técnicamente impecables, pero no poseen un contexto teórico más amplio que les permita comprender a profundidad el trabajo terapéutico en general y el enfoque gestáltico en particular.

Por último, la regulación oficial en México de los servicios psicoterapéuticos está en pañales. Los gestaltistas no son la excepción, no se han preocupado por vigilar que los que se dicen representantes del movimiento, cumplan en realidad con los preceptos. Hasta donde yo se, no existe un órgano colegiado a nivel nacional que aglutine y fomente el desarrollo de este tipo de profesionales. Lo que agrava la situación es que, además, entre los gestaltistas hay facciones, según el instituto del que provengan, y el “canibalismo” suele ser una práctica bastante frecuente.

Hay poca investigación en los institutos que se dedican a formar terapeutas gestálticos y la que hay está poco difundida.

La TG como cualquier sistema terapéutico debe sustentarse en la investigación. Esto por dos razones fundamentales: primero, para promover el desarrollo de este enfoque a partir de los descubrimientos. Segundo, para determinar su ámbito de competencia (qué tipo de problemas resuelve) y grado de eficiencia (qué tan bien). Con respecto a otros enfoques como los cognitivo – conductuales, presentamos serias deficiencias en este renglón. Yo estoy convencido del poder y la efectividad de la TG, pero no hay un seguimiento confiable de que así sea (por lo menos en México) y el recurso de la “fe” no nos hace mejores ni nos legitima ante la comunidad terapéutica. Se requieren datos, tanto cuantitativos como cualitativos, y recuperar la humildad para reconocer lo que si funciona, lo que no y lo que desde nuestro marco de referencia podemos hacer para mejorar la comprensión de los asuntos humanos.